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La guerra de Mr. Bush


Jorge Pereyra

Después de la Segunda Guerra Mundial y del horror de Hiroshima y de la barbarie de los campos de exterminio nazi, las Naciones Unidas surgieron precisamente a iniciativa de Estados Unidos, con el objeto de civilizar las relaciones entre todos los estados del mundo. Y también para asegurar que el derecho internacional normara las diferencias entre las naciones y para “preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra”.

Sin embargo, con la invasión a Irak, la administración Bush ha asestado una certera puñalada al Consejo de Seguridad de la ONU y al organismo multinacional mismo. En suma, el país que creó la ONU, le da ahora el tiro de gracia.

Asimismo, se ha sentado un pésimo precedente para las otras potencias representadas en el mencionado Consejo: China y Rusia.

China ahora, bajo el mismo pretexto, puede invadir Taiwán cuando lo desee. Sólo le basta declarar que dicho estado posee armas de exterminio masivo, sin necesidad de probarlo. Y Rusia podría sentir que no necesita del Consejo de Seguridad para atacar sin remordimiento a los rebeldes chechenos.

Al lanzarse impacientemente a la guerra, Bush ha inaugurado una era en la que la fuerza bruta y la imposición se privilegian por encima de la diplomacia como formas principales de solventar los desacuerdos entre las naciones. Y esto sólo puede conducir a un mundo en estado permanente de conflicto.

Quienes se embarcan en una guerra sin provocación, independientemente de cuán exitosa sea ésta militarmente, no pueden reclamar el título de libertadores o pretender ser vistos como instrumentos de una causa justa.

La nación más poderosa del mundo debe ser también la más sabia. Y no hay sabiduría en el hecho de declararse incapaces para buscar opciones de no confrontación y constructivas para resolver los conflictos.

Lo que queda como mensaje es que el presidente Bush y los Estados Unidos tienen a partir de ahora carta abierta para invadir, tomar un país e instalar un gobierno títere en cualquier parte del mundo. Basta con que un determinado país no les guste.

Tampoco se trata de defender a Saddam Hussein, uno de los dictadores más sanguinarios que aún se mantienen en el poder. Pero ocurre que existe un organismo internacional (las Naciones Unidas) al que tanto Bush como sus aliados Blair y Aznar han mandado al basurero.

Pronto sentiremos nuevamente sus pasos en otros territorios. Entonces, los tres jinetes del Apocalipsis buscarán como ahora algún otro pretexto.

Estados Unidos debería reflexionar bien sobre los pasos a tomar en los próximos días. Tiene el mayor poderío militar de la historia.

Y, sin embargo, en este caso, le falta la fuerza de la razón. Porque la razón de la fuerza es completamente inadmisible en las relaciones entre los países.

O para decirlo en otras palabras, ya no prima en este caso el imperio de la ley sino la ley del imperio.