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Educar es negar y conceder


Jorge Pereyra

No hay nada más difícil para un padre que escoger una respuesta de "sí" o "no", durante el largo proceso de educación moral de su hijo en el seno familiar.

La educación moral no se "fabrica" a partir de los siete años, durante "la edad del uso de la razón". La educación moral y la educación en general comienzan en la cuna. Es probable que algunos padres se sobresalten ante una afirmación tan temeraria.
Es sabido que en la mayor parte de las culturas antiguas, e incluso en la actualidad, en poblados donde aún persisten ritos arcaicos, el niño vive exclusivamente hasta los seis años bajo el cuidado de las mujeres. A los seis años comenzará su verdadera educación, aquella en la que intervienen los hombres.

Educar es aprender a controlarse, a socializarse, a respetar a los demás. Y es, ante todo, enseñar al niño a tolerar, a soportar ciertas frustraciones.
Entre el y el no

Decir que "no" al niño es ya frustrarle, privarle de algo que quería hacer o poseer. Es también enfrentarle con la realidad, con lo que existe y con lo que tendrá necesariamente que relacionarse en algún momento.
Esta "experimentación de la realidad" es necesaria. De su capacidad de tolerar la frustración dependerá en efecto la fuerza de su Yo, su resistencia ante las dificultades ulteriores de la vida, y su ánimo y valentía ante los "golpes del destino".
Responder "sí" a todos los deseos del niño, creyendo que cuanto más se cede más amor se le demuestra, es una aberración. Pues el niño es sumamente perceptivo y utilizará esta debilidad de los demás pidiendo un poco más cada día. Además, esta actitud evita su encuentro con la realidad, dificulta la consolidación de su Yo. Y es, en definitiva, la manifestación de un amor negativo, inútil y peligroso. En suma, educar apropiadamente requiere un necesario balance entre dar y quitar.
Satisfacer todos los deseos del niño y todas sus reivindicaciones es negarse a socializarlo, a hacerle aceptar la realidad y a los demás. Es prepararle a considerar más adelante a los demás no como iguales sino como obstáculos a su voluntad.
Ensenarle el derecho de los demás

El período de socialización implica, por medio de los juegos colectivos, que el niño aprenda el respeto a la regla, como convención libre del grupo.
La socialización es por una parte la aceptación del otro tal cual es (lo que supone benevolencia y tolerancia), y por otra el respeto de los límites impuestos por la existencia de los demás.

Si el niño ha aprendido a tolerar las frustraciones y a respetar el derecho de los demás, una vez llegado a la adolescencia podrá volverse sin miedo ni audacia excesiva, hacia la vida y hacia los demás.