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Idolos de barro


Jorge Pereyra

Los nombres de Gloria Trevi y Diego Maradona, con muy pocos días de diferencia, ocuparon recientemente la atención de los medios de comunicación en circunstancias tan similares como lamentables.

La cantante mexicana fue detenida en Río de Janeiro debido a una acusación por complicidad de corrupción de menores. En tanto que Maradona se excedió en su consumo de cocaína, lo que obligó a su internamiento en una sala de emergencias de una clínica de Punta del Este.

Ambos son personajes sumamente conocidos que encarnan una posición muy particular en la cultura popular latinoamericana. Son parte de un reducido estrellato tercermundista que sabe estar siempre en el centro de la atención y que tiene el talento para representar su propio libreto.

Maradona y Trevi inauguraron la rebeldía y la insolencia en el escenario. También se caracterizaron por el no respeto a las jerarquías, algo que atrae a los jóvenes más inmaduros. Y desde su altura de ídolos, atrevidos y respondones, criticaron a medio mundo. Pero desafiaron su suerte al tratar de salirse de los límites de una moral socialmente aceptable, y ahora los criticados son ellos.

El pueblo ama a sus ídolos y cierra los ojos ante ciertos pecadillos suyos, pero es recalcitrante ante cualquier intento de degradar moralmente a nuestra especie. Y eso los medios de comunicación, que son la extensión de nosotros mismos, tampoco lo perdonan.

Ambos han demostrado que son ídolos con pies de barro y que hicieron lo suyo sin importarles un comino la reacción de su público. Y ahora la sociedad los usa como un mal ejemplo y una advertencia para la juventud. Argentina ha lanzado de inmediato una campaña publicitaria contra las drogas, dirigida a los más jóvenes, en la que se señala el peligro de seguir los pasos de Maradona. En pocas palabras: "si no eres como Maradona serás un buen pibe".

Sólo resta preguntarnos: ¿Los rebeldes e inconformes terminal mal?. No siempre. El desafío a las normas no garantiza ningún premio. Pero también cabe señalar que es precisamente ese desafío lo que posibilita el remplazo de lo viejo por lo nuevo. Y son sólo los verdaderos rebeldes, sin pies de barro, los que cambian al mundo.