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MADRUGADAS DE COYOACÁN


MADRUGADAS DE COYOACÁN


A TODA CALLE empedrada de Coyoacán le gustaría que de vez en cuando le pasaran la mano por el lomo.

Una callecita con adoquines es siempre el sendero donde nuestros pasos suenan más cachondos y musicales. Es también el duro colchón sobre el que se acuestan cansadas, y con los ojos enrojecidos, las horizontales sombras de los postes de luz.

Durante la madrugada las otras sombras, quizás por un arrebato conventual, se refugian en el anonimato de los rincones y al hacerlo nos dejan cada vez más solos.

Los faroles, cuando nadie los ve, suelen tomarse de las manos para convocar a la luz y a las asambleas de insectos. Y desde su telaraña luminosa miran con su único ojo a los ocasionales borrachos que pasan cantando y que alteran la quietud del vecindario.

El perro de la vecina trota por la vereda y se lleva en sus ojos vagabundos todos los objetos que exhiben los escaparates. Pero al final de la cuadra, la esquina despierta y se lo traga por completo.

Los agudos maullidos de los gatos solteros rebotan de tejado en tejado y luego caen como un fino confeti que ensucia el agua cantarina en la fuente de los coyotes. Un remolino azuza a los papeles para que se peleen entre sí. Y las cañerías eructan ruidosamente cada vez que alguien abre una llave de agua.

La mujer del vigilante nocturno, ardiente y sensual, roza con sus senos el frío cristal de la ventana mientras espera la llegada del amante y escucha indiferente el extraño y airado lenguaje de los muebles que discuten la mejor manera de quitarse las manchas. Mientras tanto, en el ropero, sus vestidos se mueren de las ganas de poder tocar nuevamente su piel.

Madrugada de verano en Coyoacán en la que la ternura suspira de placer y se abraza a alguien que duerme plácidamente al lado.

Sobre la banca del parque un niño ha dejado olvidada su sonrisa. Desde la lejanía, un rasgueo de guitarras llega ondulando como una bandera y con su delicada melodía abre los capullos de rosa de algún bodegón. Y todo ello hace sonreír al fantasma de Frida Khalo que saluda con su mano desde una mecedora.

Hay un aleteo de mariposas sobre los ojos dormidos de esa mujer que sueña con el hombre de su vida. Y al hacerlo, sus pezones se encienden intermitentemente como luces de neón.

¿Dónde guardarán la callecitas de Coyoacán aquellas imágenes que sus pupilas capturaron durante el día?.

Una recién casada, en su noche de bodas, abre una ventana de par en par como si quisiera darnos un abrazo de bienvenida y los geranios del balcón se ruborizan por los gemidos que salen corriendo desnudos de la recámara.

Los ratones creen que la Luna es de queso y la persiguen incansablemente por las azoteas. Ella va saltando alegre de charco en charco, de ojo en ojo, mientras que en algún lugar del mundo una pareja de enamorados se besa bajo su tenue luminosidad.

Todos dormimos en Coyoacán, pero las cosas más bellas de la vida están despiertas. Y, por eso, sólo nos queda soñar con ellas.


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