LA NOVIA DEL SOLDADO DESCONOCIDO

 

LA IMAGEN DE MARILYN MONROE explotó al mediodía como una pompa de jabón cuando el autobús se detuvo de golpe en la plaza principal de ese pequeño pueblo. Y no me quedó mas que maldecir con toda mi alma al torpe conductor pues la súbita maniobra me había extraído bruscamente de mi erótico sueño con la eterna diosa de Hollywood.

 

Por un momento, dudé en continuar durmiendo un poco más a bordo para intentar reenganchar con las tenues hilachas de mi huidizo sueño o en despabilarme por completo y bajar a estirar las piernas. Todavía no sé por qué escogí lo segundo.

 

El viaje de Cajamarca a Chota era largo, doloroso y aburrido. El camino sin asfaltar y lleno de hoyos, hacía que el vehículo saltara como una pulga y que me dolieran todas las costillas.

 

Casi me caigo al bajar pues tenía las piernas entumecidas. Felizmente, pude agarrarme como pude de las caderas de una simpática mulata que iba delante de mí quien, pensando algo diferente, me lanzó una sonora bofetada.

 

Después de las disculpas y explicaciones del caso, y rojo de vergüenza, me dirigí hacia una de las bancas desocupadas del parque para tomar un poco de sol.

 

Cerré los ojos por unos minutos y cuando los abrí pude ver a un costado la figura de una mujer, sentada en otra banca, que parecía una estatua pues no se movía en lo más mínimo.

 

Seguí contemplándola y, en efecto, estaba completamente inmóvil y miraba fijamente a un punto desconocido en el horizonte.

 

— ¡Es la novia del Soldado Desconocido!— dijo suavemente un viejecito que se había puesto a mi lado sin que yo lo notara.

 

— ¡Cómo…! ¡ No entiendo lo que me dice! —contesté automáticamente.

 

El anciano se atusó el blanco bigote y replicó:

 

— Ella era la enamorada de un joven de un pueblo cercano que se fue a la guerra del Cenepa y que nunca más regresó. Nadie supo jamás quien era el joven pues dicen que fue un amor secreto. Su novio murió como un héroe, despedazado por una granada, al intentar salvar a sus compañeros. Y cuando la muchacha se enteró de ello enloqueció de golpe y nunca más volvió a hablar.

 

— ¿Pero… por qué permanece inmóvil sentada en esa banca? — pregunté casi comido por la curiosidad.

 

El viejecito me miró con lástima y continuó:

 

— Es que esa es precisamente la banca donde ellos se citaban y hacían planes para después de casarse. Desde la muerte de su novio, ella viene todas las mañanas desde su casa a este lugar. Llega con los primeros rayos del sol y se marcha cuando ya empieza a caer la noche. Y dicen que siempre mira hacia el lugar por donde él se marchó a la guerra.

 

Ambos callamos y quedamos pensativos por unos momentos. Luego el anciano me hizo un gesto de despedida con la mano y continuó lentamente su camino.

 

De modo que todos los días lo esperaba en el mismo lugar, bajo el viejo cerezo de la plaza principal que nunca dio fruto.

 

El cabello negro, brillante e impecable, y unos hermosos ojos verdes almendrados, le daban una viveza juvenil a su mirada. Tenía también una piel morena que aún escondía, con disimulo, el paso inexorable de los años.

 

Vestía una minifalda floreada, de colores primaverales, y enseñaba unas formas que en un tiempo debieron ser suaves, sensuales y sugerentes. Los labios estaban pintados con aquel rojo intenso que a él tanto le gustaba y enmarcaban una sonrisa que parecía inundarlo todo con su energía. Permanecía sentada con las piernas juntas, muy pegadas una con otra, y las manos ligeramente apoyadas sobre las rodillas.

 

Todos los días cumplía con su amorosa rutina hasta que las sombras empezaban a caer sobre el parque. Después, su rostro perdía su juvenil encanto y entonces se incorporaba, con mucho esfuerzo, y las lágrimas resbalaban por sus mejillas.

 

Tomaba la bicicleta que escondía detrás del banquillo y se alejaba, dejando sólo el rastro de su recuerdo y aquel letrero grabado en piedra en el monumento de la plaza que hablaba de su Soldado Desconocido

 

La bocina del autobús me sacó de mis cavilaciones y tuve que correr para que el malvado conductor no me dejara varado en ese pueblo. Trepé al vehículo en marcha, me arrellané en mi asiento y a través de la ventanilla vi otra vez a la novia del Soldado Desconocido.

 

Seguía inmóvil como un maniquí. Pero de pronto algo ocurrió. Ella giró lentamente la cabeza y fijó dulcemente sus ojos en los míos hasta que el autobús se convirtió en un insignificante puntito en su campo visual.

 

Yo también la vi empequeñecerse paulatinamente y en la última imagen que tuve de ella me pareció notar que sonreía. Quedé profundamente conmovido por su trágica historia de amor.

 

Cerré los ojos para repasar una vez más todo lo que había vivido hace unos momentos. Y fue entonces que empecé nuevamente a soñar con Marylin Monroe.