Mario Vargas Llosa y la pasión de escribir

 

¿Cuál es la relación entre la escritura y el sujeto?

El ejercicio de la literatura enriquece extraordinariamente la visión del mundo en los lectores de buena literatura pero también en los escritores. Uno aprende muchas cosas desarrollando una historia, aprende muchísimo en el campo de la psicología humana.

Cualquiera que ha escrito una historia sabe que los personajes tienen que actuar de acuerdo a ciertas reglas, que la libertad del escritor para crear esas reglas de conducta es bastante limitada; no puede forzar de una manera arbitraria lo que es la experiencia del lector, porque el lector juzga la literatura en función de su propia experiencia de la vida. Si una historia arrolla arbitrariamente lo que son esos supuestos de la vida -que el lector conoce a través de su propia experiencia- la reacción es no creer y ese es el gran enemigo de los escritos: La incredulidad de un lector.

Para vencer la incredulidad, para persuadir al lector de que es cierto aquello que se le cuenta, el escritor inventa técnicas literarias, se vale de toda clase de estrategias, de estratagemas, de tretas para ser aceptado, a veces en contra de su experiencia primera de la vida. Ese es un proceso en el que uno va enriqueciendo muchísimo su conocimiento de la psicología humana y la psicología no está disociada, por supuesto, de los otros órdenes de la existencia.

Por otra parte, si hay algunos otros géneros en los cuales la intuición prevalece o puede prevalecer, puede hacerlo de una manera determinante. Hay un género que es el de la novela, en que la experiencia y el conocimiento son fundamentales. No hay novelistas precoces, a diferencia de lo que ocurre con la poesía. Hay poetas precoces, es verdad. Rimbaud es un poeta que a los 14 años ya había escrito su obra maestra.

Pero no hay nada comparable en la novela. La novela resulta siempre de una experiencia sedimentada y profunda de la vida, una experiencia que se adquiere viviendo y que se adquiere, sobre todo, leyendo. La mejor manera de adquirir una formación para un escritor es leyendo buena literatura y leyendo inteligentemente, no sólo dejándose hechizar, hipnotizar, subyugar por la magia de un estilo, con la eficacia de una técnica, sino también tratando de averiguar qué hay detrás de esa magia, qué hay detrás de ese hechizo que una buena novela ejerce sobre nosotros.

De allí descubre una complejísima estructura formal, verbal, de orden, de construcción de la historia, y todo eso es un conocimiento que no está disociado de la vida, porque las técnicas, las formas artísticas resultan siempre de una cierta manera de vivir, de entender el mundo, de tal manera que todo eso es conocimiento. Es un conocimiento que no se puede identificar, necesariamente, con el conocimiento académico, ni siquiera con el conocimiento racional, pero es conocimiento; es por eso que los grandes novelistas y las grandes novelas enriquecen extraordinariamente nuestra comprensión de lo que es el mundo, de lo que es la historia, de lo que es la vida. Yo iría incluso un poquito más lejos: Diría que la literatura nos da un conocimiento y una dimensión de la vida que ninguna otra disciplina nos puede dar.

La novela, y la literatura en general, nos dan una descripción de aquello que forma parte también de la vida sin formar parte de la experiencia objetiva. Nos da una información muy precisa sobre aquello que no existe en realidad, pero que quisiéramos que existiera y que como ésta es una necesidad tan poderosa lo inventamos, lo creamos, convertimos esas ilusiones en ficciones y esas ficciones -que no forman parte de la realidad histórica- sí forman parte de la vida, porque complementan, de alguna manera, nuestra existencia.

Esa es una realidad humana que sólo la literatura, a través de esas ficciones que crea, nos revela. Es un tema que, desde luego, habría que desarrollar muy largamente, pero creo que se puede resumir de esta manera: La vida no sólo está hecha de verdades, la vida está hecha también de mentiras y unas mentiras que nos contamos nosotros a nosotros mismos porque no podemos vivir sólo de verdades. Necesitamos también vivir de ilusiones, de ensoñaciones, de mitos, de unas irrealidades que la literatura vuelve realidad.

¿Cuál es el proceso creativo de sus libros? ¿Cómo empieza y cómo crea sus personajes?

El proceso que está detrás de cada libro que he escrito -me refiero sobre todo a los libros de creación, no a los ensayos- siempre ha tenido un punto de partida bastante misterioso porque nunca ha sido algo deliberado.

Nunca he elegido con toda frialdad, de una manera puramente racional, escribir una novela, una obra de teatro, un cuento sobre determinado tema.

He escrito las historias que he escrito porque algo me ha pasado, algo que, por alguna razón, para mí oscura, ha dejado en mi memoria imágenes que a los pocos días, a las pocas semanas y a veces bastante tiempo después se convierten en un fermento para la fantasía.

Generalmente cuando digo “bueno, esta es una historia sobre la que yo debería escribir”, he estado ya trabajando sin darme cuenta en esa historia, siempre a partir de experiencias vividas, una persona que conocí, algo que oí, a veces algo que leí, algo que deja imágenes que se convierten poco a poco en un gran estímulo para fantasear alrededor de ellas, para ir creando alrededor, como el embrión de una historia.

Cuando me decido a tomar notas empiezo a trabajar haciendo algunas trayectorias anecdóticas, haciendo fichas sobre posibles personajes, en realidad sin darme cuenta ya he estado trabajando. Todas las historias que he escrito han tenido ese comienzo. No quiero decir con esto que todo lo que he escrito es autobiográfico, no. Ése es siempre el punto de partida y luego, lógicamente, a esas imágenes que si tienen una raíz autobiográfica, se añaden muchas otras que son obra de la invención.

Una cosa que es fascinante para mí es que esas imágenes que desencadenan ese proceso creativo atraen otras. Me ha pasado, por ejemplo, que hace muchísimos años, viendo un libro de historia del anarquismo español, leí que un grupo anarquista de Barcelona -cuando el anarquismo tuvo mucho auge, en el siglo XIX- había quedado fascinado con las teorías de Franz Joseph Gall, quien inventó la frenología, una seudociencia bastante popular en el siglo XIX, según la cual en los huesos de la cabeza estaba representada el alma, la psiquis de la personalidad. Se concluía que, auscultando los huesos de la cabeza, podían determinar perfectamente la psicología, la personalidad y en cierta forma el destino, la historia de las personas. Este grupo de anarquistas catalanes pensó que la frenología era la fundamentación científica del materialismo. Entonces ellos asumieron la frenología como parte de su ideología y se convirtieron en anarquistas frenólogos.

Esta historia me fascinó e inmediatamente me sugirió la idea de un personaje, un anarquista frenólogo. Ahora, si yo escribía en esa época novelas contemporáneas situadas en el Perú ¿cómo metía en una historia peruana contemporánea a un anarquista frenólogo? Era absolutamente írrito al mundo que era mi mundo literario. Entonces me quedé con la preocupación de que a este personaje yo no tenía, simplemente, dónde ponerlo. Bastante tiempo después leí un libro maravilloso de un escritor brasileño que trata de explicarse las razones de una guerra civil que causó estragos en el noreste brasileño en el interior de Bahía, a fines del siglo XIX. A mí ese libro me fascinó tanto que me sugirió la idea de una novela de estirpe histórica situada en esa época y cuando empecé a escribirla de pronto la vieja idea que ya creía enterrada y olvidada del anarquista frenólogo resucitó.

¿Por qué resucitó? Yo tenía allí como almacenado en la memoria sin saber dónde meterlo hasta que empecé a escribir “La guerra del fin del mundo”. Esto me pasa constantemente con las novelas que escribo: Me embarco en un proyecto a partir de una experiencia que resulta enormemente estimulante para la imaginación y en este proceso de pronto van reapareciendo viejos estímulos, viejos proyectos enterrados en el fondo de la memoria, porque en este proceso -que es muy fascinante y que no es un proceso que yo acabe enteramente de entender en términos racionales- tengo la impresión de convertirme en una especie de caníbal, de persona que utiliza todo, se vale de todo lo que tiene allí en su imaginación o a su alrededor para ir amoblando, enriqueciendo esa historia en la que estoy trabajando. Lo único que tengo más o menos claro es la historia que quiero contar y nada más. Yo sé que una historia no es solamente una historia. Una historia transpira luego todo tipo de ideas, de valores o desvalores.

Pienso que si uno quiere trasmitir un mensaje cultural, o de tipo ideológico, de tipo político, religioso, lo mejor es que escriba un ensayo y no que se valga de una ficción como vehículo para determinadas convicciones. Generalmente, las obras literarias que pretenden servirse de la ficción como un instrumento para la propagación de determinadas verdades son muy malas obras literarias, porque no hay en ellas esa libertad que un lector exige siempre de los personajes de una historia. Si un personaje no es libre, si un personaje aparece como el muñeco de un titiritero al que el autor va utilizando o manipulando para que predique, para que haga apostolado a favor de determinada causa, pues se siente que ese personaje no es libre, que ese personaje es un mero testaferro y si ese personaje no es libre pues no me inspira ninguna credibilidad su manera de actuar.

Es fundamental que los personajes de una historia sean libres o parezcan libres a un lector. Creo que el autor debe tratar a los personajes con el máximo respeto y luego de crearlos aceptar que esas criaturas son ya soberanas e independientes, que no se puede forzarlas a actuar de una manera írrita a su propia personalidad, a su propia constitución cultural, anímica o biológica. Esa espontaneidad es uno de los ingredientes fundamentales para que una historia y unos personajes tengan poder de persuasión, que es lo que es lo que hace que ciertas obras literarias les parezcan la encarnación misma de la vida y otras parezcan más bien palabra muerta.

Mientras el literato va creando, ¿qué papel juegan la libertad y la voluntad?

La creación -no solamente la literaria, sino la creación en general- exigen la participación de la totalidad humana. Cuando uno escribe, como cuando pinta o esculpe o compone, lo hace con todo su ser, lo hace con su conocimiento.

Desde luego, lo hace también con sus sentimientos, con sus pasiones, sus instintos, lo hace con sus demonios, con sus obsesiones, todo ello compadece en proporciones que varían mucho, de acuerdo con los géneros y las personalidades que no son idénticas entre los escritores y entre los artistas. Se puede decir, tal vez, que hay algunos géneros en los que la intuición, la emoción y los sentimientos tienen una función más determinante que en otros.

Una de las cosas buenas que tiene la literatura, y el arte en general, es que ellos nos demuestran que a la hora de juzgar al ser humano las excepciones son casi tan importantes como las reglas. En literatura eso es evidente. Cuando ustedes leen la teoría literaria o una explicación literaria sobre determinado autor, sobre determinada obra, con determinada tendencia, inmediatamente descubren que hay tantas excepciones que esas reglas resultan siendo muy, muy relativas. Creo que eso no es casual, sino que demuestra la infinita complejidad y diversidad del ser humano. El ser humano no puede ser encajonado enteramente dentro de una concepción racional sin ser desnaturalizado, deformado. Hay siempre algo impredecible en el ser humano y afortunadamente es así porque si no fuera así la libertad no existiría. Si el hombre respondiera exclusivamente a una determinada concepción podría ser previsible. Afortunadamente no es así: El ser humano está siempre sorprendiendo, está siempre desbordando todas las casillas que tratan de encuadrarlo, de explicarlo y creo que esto lo refleja maravillosamente la literatura. En ella hay una extraordinaria diversidad, la idea del ser humano, la idea de sociedad. La idea de la historia que nos dan un Tolstoi, un Faulkner, un Cervantes o un Shakespeare son inmensamente diferentes y sin embargo nosotros no concluimos esa diferencia, que hay una sola de esas visiones, que es la verdadera y las otras falsas. Son visiones muy distintas, muchas veces contradictorias y profundamente complementarias, porque el ser humano es esa diversidad, ese abanico extraordinario de posibilidades. En ese sentido sí creo que la literatura nos enriquece.

Esa visión de la infinita diversidad del ser humano y de la vida, la manera de cómo la razón y la sinrazón participan en la creación literaria es algo evidente y, por otra parte, para mí es algo de lo cual es muy peligroso establecer normas. Creo que no las hay. Estoy totalmente convencido, a través de mi experiencia de escritor, que uno no escribe sólo con la razón, de ninguna manera. Hay unos elementos espontáneos e inconscientes que van irrigando siempre el trabajo creativo, de una manera difícil de precisar, pero que es inequívoca.

Quizá lo más interesante de un proyecto literario es ver aparecer esos elementos que uno no sabe de dónde salen, ni por qué salen, pero evidentemente salen de uno mismo. Ellos vienen de nuestro inconsciente, de esa dimensión oscura de nuestra personalidad y eso creo que es lo que de alguna manera busca el lector cuando lee una obra de ficción. Una obra de ficción enteramente controlada por la razón suele darnos la impresión de carecer de vida, porque la razón sola no crea la vida.

La vida no es sólo razón. La vida es razón también y es otras cosas. Es pasión, es emoción, es instinto y por eso la vida está hecha de luces y de sombras y hay mucho misterio en ella. Una literatura que no es capaz de mostrar esas características de la vida a un lector de una manera espontánea sin que se lo racionalice, le da una impresión de falsedad y de inautenticidad. Entonces el lector hace esa cosa terrible para un escritor: No cree en aquello que le cuenta. Y si el lector no cree en aquello que se le cuenta esa literatura no existe, no vive.

Usted hizo referencia al poco valor que se le está dando a la literatura. ¿Qué podemos hacer los jóvenes para hacer que la literatura siga viva en nuestros corazones?

No recuerdo exactamente la referencia, pero me parece que tiene que ver con un debate que está en actualidad y es cuál va a ser el futuro de la literatura. Es algo sobre lo que existe una cierta incertidumbre, en un mundo de revolución audiovisual. Con la aparición de nuevas tecnologías, ¿qué va a ocurrir con la literatura, la cultura del libro se va a mantener? Hay grandes pensadores, grandes críticos que son muy escépticos sobre el futuro de la literatura, entre ellos George Steiner, quien es uno de los grandes críticos literarios, justamente una de las eminencias que ha producido la cultura del libro. Él cree que la literatura está en un proceso de declinación después de durar poco o mucho, pero que en el futuro el mundo de la literatura va a desaparecer o va a convertirse en un mundo muy minoritario y marginal, porque la cultura va ha tener un sesgo fundamentalmente audiovisual. Dice que habrá algo que se llame literatura, la literatura de los ordenadores, de las computadoras, pero que no tendrá esencialmente nada que ver con lo que esencialmente entendemos por literatura.

Bueno, no soy adivino, de tal manera no sé lo que va a ocurrir, pero creo que esa preocupación está justificada, de hecho que las estadísticas nos dicen que se lee más que antes. Creo que también es cierto que esa estadística es un tanto engañosa porque quienes leen hoy día dan una cabida mucho más pequeña a la literatura o a los libros en sus vidas, que la que daban los lectores de antaño, aunque esos lectores de antaño fueran minoritarios.

Lo que sí me atrevo a decir es que si la literatura desaparece o se convierte en una actividad más bien marginal en el futuro habrá un gran empobrecimiento de la cultura y de la vida en general, aunque esa vida en sus logros económicos refleje un extraordinario progreso. Creo que la literatura cumple una función que no es reemplazable con los medios audiovisuales, el dominio del lenguaje. No hay nada que la reemplace como manera de tomar posesión de una lengua, hablar bien, saber expresarse con coherencia y eficacia. Esto no es sólo dominar una técnica de expresión, significa saber pensar mejor. Quien domina una lengua piensa mejor, es capaz de comunicar con mucho más matices, precisión y exactitud sus experiencias y su conocimiento del mundo.

Por otra parte, la literatura es una de los pocos denominadores comunes que nos queda en el mundo, donde la especialización avanza de una manera arrolladora. El conocimiento se ha fragmentado, ha ido especializándose y esa es una tendencia que no va a disminuir, sino que va ha ampliarse cada vez más, justamente con el enriquecimiento extraordinario de las tecnologías, las ciencias. Por eso, la literatura es uno de los pocos denominadores comunes que existen. Allí, en la literatura, el ingeniero, el arquitecto, el físico, el químico, el albañil encuentran un terreno común, donde descubren que por debajo de todas esas diferencias hay una unidad profunda, una unidad que tiene que ver con nuestra condición, con nuestros sentimientos, con nuestros sueños, con nuestras pasiones. Nos recuerda que formamos parte de una fraternidad o una comunidad. Con su desaparición uno de esos denominadores comunes que mantiene todavía la especie solidaria desaparecería.

Creo que hay muchas otras razones para defender la literatura como algo esencial a la vida humana, pero quiero citar una sola: La literatura es una fuente de rebeldía frente a lo existente, y si desapareciera crearía condiciones para que el mundo fuera infinitamente más conformista, incluso para que la comunidad humana fuera manipulada o esclavizada. Para mí y en ese sentido, la literatura es uno de los grandes valedores de la libertad humana, porque es una fuente de rebeldía, de actitudes críticas frente a lo existente. La literatura con su sola existencia nos está demostrando que el mundo en el que vivimos no nos basta, que está realidad tal como es no es suficiente para colmar nuestras expectativas, nuestros sueños. Queremos algo más porque como seres humanos estamos hechos de esta curiosa dualidad: una existencia que tiene determinadas posibilidades y una imaginación capaz de ir mucho más allá de esos fines y hacerlos presentir y desear una vida más rica, más profunda, mas intensa, más diversa que la que tenemos.

La literatura ha nacido, justamente, de esta dualidad que forma la condición humana: Como no podemos tener todas las vidas que quisiéramos tener, porque estamos confinados por la existencia en una sola vida, hemos inventado una manera de tener esas otras vidas que nosotros tenemos y vivirlas de la ilusión. Ésa es la literatura. Cuando nosotros regresamos a esa vida pequeña, confinada, limitada que es la vida de la realidad, luego de vivir de esa manera arbitraria que nos hace vivir la literatura, ocurre que miramos nuestro entorno y somos mucho más sensibles y lúcidos respecto a sus imperfecciones, respecto a sus limitaciones para colmarnos. Comparado con el mundo donde viven El Quijote y Sancho, ¡qué mediocre, qué pobre es este mundo que nos rodea! Bueno, esa comprobación sin necesidad que nos planteemos política o biológicamente nos hace sentir un malestar respecto al mundo en que vivimos. Ese malestar es una rebeldía, es una manera de decir “no”, el mundo en el que vivimos es un mundo que está mal hecho, y está mal hecho porque a mí me obliga a ir a buscar en el mundo de la ficción aquello que este mundo no me puede dar.

Creo que si la literatura desaparece o se convierte en una actividad clandestina o de catacumbas esa fuente de desasosiego, de crítica, de rebeldía frente a lo existente quedaría sesgada y sería mucho más fácil para los poderes esclavizar a los seres humanos, manipularlos y hacerlos actuar y comportarse como si el mundo en el que viven fuera un mundo bien hecho y capaz de satisfacer todos sus anhelos y sueños. Es decir, la libertad quedaría recortada y amenazada. Por eso, hay que defender la literatura y no sólo como esa fuente extraordinaria de placer que es, sino, antes que nada y sobre todo, porque nos da placer, nos hace pasar unos momentos absolutamente maravillosos, compartiendo esas existencias formidables de los personajes de la ficción. Pero, además y sobre todo porque nos enriquece y, de alguna manera, nos hace grandes y nos hace movilizadores del cambio. Para que el mundo cambie tiene que haber un descontento, conciencia clara de que el mundo tal como es no es suficiente, no es bastante para lo que nosotros queremos y aspiramos. De esta actitud nace el progreso, y para que esta actitud se mantenga y sea viva la literatura es indispensable. Por eso, la literatura de ninguna manera debe ser una especialidad. La literatura es un denominador común, se hace para todos y si se aparta del común, entonces pierde su razón de ser y se convierte en una caricatura de lo que ha sido siempre.

¿Ese cambio de mentalidad que aparece después de “Conversación en la catedral” es un acto puramente racional, es una decisión política o es algo que va creciendo como un proceso de lenta maduración de los mismos cambios de la sociedad y de las ideologías?

Es una pregunta muy interesante que desgraciadamente voy a contestarla de una manera algo esquemática. Sí es verdad que se produjo un cambio en determinado momento, un cambio que tuvo que ver con muchas cosas, con mi evolución política, por ejemplo. Hay un cambio a partir de los años sesenta, no en lo fundamental. Lo fundamental se mantiene, ciertos ideales de mi juventud siguen siendo los ideales del hombre maduro que soy ahora: Justicia, libertad, un destino mejor para mi país, para América Latina y para el mundo. Esos eran mis ideales de juventud. Cuando era joven pensaba que los cambios pasaban por la revolución, exactamente por la revolución marxista, por el comunismo. Después, muy rápidamente, llegué a la conclusión de que no era así, sino que, más bien, eso traía consigo una nueva forma de injusticia que hacía desaparecer justamente esa libertad. Entonces empecé a reivindicar la democracia y luego fue evolucionando a lo que creo ahora soy, un liberal.

Sé que para muchos esa palabra está deformada, caricaturizada sobre todo por los enemigos de la libertad, eso es lo que soy yo ahora mismo. Esto se ha reflejado en mi manera de escribir, ahora, repito, cuando escribo ficciones, cuando escribo novelas procuro desideologizar al máximo mi trabajo intelectual, porque soy muy consciente de que utilizar la literatura como un vehículo para propagar determinadas convicciones es la mejor manera de matarla.

Ahora hay otro aspecto literario y filosófico y quizá ético que es importante: Sartre tuvo una enorme influencia sobre mí. Cuando yo era estudiante universitario leía a Sartre con verdadera pasión. Su concepción de la literatura encajaba en lo que verdaderamente yo quería que fuera: por una parte una vocación artística y, por otra, un compromiso de tipo social y político, algo que era muy fuerte cuando era adolescente, el poder asociar ambas cosas en una misma actividad, según decía Sartre, para mí resultó extraordinariamente estimulante.

A mediados de los años 60, yo estaba viviendo en Francia y Sartre se volvió muy escéptico respecto a los poderes de la literatura. Recuerdo siempre como un hecho traumático para mí una entrevista que él dio a un periódico de París, “Le Monde”. Una entrevista que además provocó un gran revuelo en Francia, en la que él decía: “Yo entiendo a los escritores africanos que renuncian a la literatura para hacer la revolución primero y crear una sociedad donde ella sea posible”. Decía que los poderes de la literatura no son los poderes de la revolución, y en un momento determinado hay que dejar la literatura para hacer la revolución y había en ese reportaje una frase que se me ha quedado: “Frente a un niño que se muere de hambre, La Náusea -titulo de una de sus novelas- no tiene ningún peso, no tiene ninguna consistencia”. A mí esa entrevista me irritó de una manera que es difícil explicar. Me sentí traicionado por alguien al que consideraba un maestro. A mí me había hecho creer Sartre que la literatura era una forma de acción y que a través de la literatura uno de podía cambiar la historia, podía luchar por la justicia, por la libertad. Ahora venía a decirme que si yo era un subdesarrollado no podía permitirme el lujo de ser escritor, primero tenía que hacer la revolución, acabar con las injusticias, con las desigualdades para crear una sociedad desarrollada justa donde al fin sería posible la literatura. Es decir, la literatura sería un lujo de sociedades evolucionadas, prósperas y justas.

Es obvio que era una traición, era todo lo contrario de lo que él me había dicho que era la literatura y yo le había creído devotamente durante muchos años. Ya estaba demasiado sumergido en la literatura, era ya mi manera de vivir como para creerle a Sartre esa barbaridad y entonces en lugar de abandonar la literatura abandoné a Sartre y escribí en esos mismos días un artículo muy crítico sobre él. Hay que decir que esa entrevista provocó una gran polémica, fui muy criticado por muchos escritores y él hizo un 'mea culpa', pero matizó mucho estas declaraciones y luego vivió un periodo muy malo de gran decepción. Su compromiso literario, el compromiso de su generación no había traído ninguno de los fenómenos políticos que él esperaba, eso lo llevó a decepcionarse mucho de la propia literatura.

Sin embargo, para mí fue una gran liberación, me dio una libertad a la hora de escribir y yo creo que eso se refleja mucho en las obras que escribo desde entonces. La primera cosa que escribo como ficción después de esa crisis es una novela de humor que es “Pantaleón y las visitadoras”. No la hubiera escrito jamás antes, porque Sartre, por ser un hombre extraordinariamente inteligente, estaba totalmente enemistado con el humor. En toda la inmensa obra de Sartre no hay ni una sonrisa siquiera. Entonces sus discípulos sentíamos que uno en la literatura no podía ni siquiera sonreír porque el que sonreía no era serio. Cuando me liberé de Sartre empecé no sólo a sonreír sino a reírme a carcajadas a la hora de escribir y descubrí que el humor era una fuente riquísima a la hora de crear y que había ciertas historias y ciertos temas que sólo se podían tratar con una vena festiva.

Fue como un niño que descubre un juguete nuevo: Escribí “Pantaleón y las visitadoras” después escribí “La tía Julia y el escribidor”, que también es una novela donde el humor es bastante importante. Creo que desde entonces el humor ha estado presente en mis obras y eso no hubiera sido posible si no me hubiera librado, a partir de mediados de los años 60, de la influencia de Sartre.