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LA MUJER DEL POETA

LA MUJER DEL POETA


La mujer del poeta
Brilla en la noche como una gaviota de alas blancas
Y oculta su silueta
En algún pliegue del corazón.

Ella es el último sueño de la felicidad,
Un deseo de sábanas desordenadas
Y un río de voces tibias regresando al tiempo original.

Su poder está en sus ojos limpios,
En su melodía de besos barrocos
Y en la beatitud de los oboes que convocan al amor.

Todo lo que no existe
Asoma siempre sobre su piel,
Su cuerpo es todos los cuerpos,
Su voz es el primer ladrillo de la armonía.

Con un ademán suyo,
Los girasoles caminan y se convierten en antorchas
Y se desvisten las sabrosas manzanas del pecado.

Su origen empieza en el misterio y termina en la fantasía.

El poeta lo sabe
Y por eso la busca en los mares polvorientos de su sangre.

La mujer del poeta
Duerme calientita al calor de sus palabras
Y todos los días le depositan un sol en su ventana.

Si ella fuera un árbol
La miel fluiría ebria por su tronco como un manantial
Y los pájaros se perderían en la eternidad del aire.

Porque el poeta la ama,
Jamás será un recuerdo marchando hacia el olvido,
Un cementerio de palabras hermosas,
Ni el llanto de un perro buscando en la multitud a su amo.

La mujer del poeta
Es el barro rosado de la tierna alfarería
Y sus palabras dulces nacen tibias en el volcán de su garganta.

Ella enciende las bengalas de su sonrisa
Porque es feliz al lado del poeta.

Sus minutos de placer
Se quedan bordados para siempre
En la sábana del tiempo.

Y la loca poesía
La anima a saltar todos los días
Desde el borde de una estrella.

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