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La marcha de la dignidad


La marcha de la dignidad


Jorge Pereyra

Esta semana estamos asistiendo a un fenómeno social de la mayor importancia. En representación de 10 millones de indígenas mexicanos, un grupo de zapatistas se ha puesto en camino hacia la capital del país donde los espera Vicente Fox, el presidente de la república.

Es la marcha de la paz, de los que nunca tuvieron voz, de los olvidados por la historia. Es el denominado "Zapatour" integrado por el subcomandante Marcos y 23 comandantes zapatistas, los cuales salieron de Chiapas para iniciar un largo peregrinar por 13 estados del país y que concluirá en la ciudad de México el próximo 11 de marzo.

Los zapatistas se alzaron en armas el 1 de enero de 1994 en protesta por la condición de abandono y de pobreza en que viven las etnias indias bajo la opresión de una injusta situación que se inició hace 500 años y que aún no termina.

Por eso, en esa oportunidad, con motivo de la firma del Tratado de Libre Comercio entre Estados Unidos, Canadá y México, quisieron recordar la situación de marginación padecida por los descendientes de los que habitaban esas tierras antes de la llegada de los españoles.

Ni la independencia ni las revoluciones posteriores abordaron el hecho indígena. Y en la propia Constitución no se habla de ellos sino del mestizaje del pueblo mexicano. Pero millones de indígenas, con todo derecho, ni se consideran ni quieren que los traten como a mestizos.

Ellos están orgullosos de sus lenguas, de sus costumbres, de su manera de rezar y de bailar, de su apego a la tierra que veneran y a la que nunca tratarán como mercancía.

En 1996, los zapatistas lograron los llamados Acuerdos de San Andrés con los representantes del gobierno, mediante los cuales se recogería en la legislación mexicana el hecho indígena y se reconocerían sus derechos, se pondrían en libertad a sus presos, se retiraría la masiva ocupación militar de sus tierras y se defendería su riquísimo subsuelo de la rapacidad de los expoliadores.

Esas son las señales que pide la marcha zapatista al gobierno del presidente Fox para desembocar en la paz y que éste se ha comprometido a respetar porque en ello le va la credibilidad de su flamante mandato.

Estamos acostumbrados a etiquetarlo todo con nuestros prejuicios y a desconfiar de lo nuevo. Pero esta guerrilla no ha disparado un tiro desde hace siete años, no ha secuestrado a nadie ni ha cometido un atentado terrorista. Y han sabido utilizar inteligentemente los medios de comunicación de masas, con un lenguaje que fascina, para implicarnos a todos con sus proclamas, reivindicaciones y cantos.

No pretenden secesión alguna ni independencia, sino que se les reconozca como pueblos dentro de la gran nación mexicana. Por eso caminan con la bandera de su país.

Y sus máscaras son símbolo de los que no son dueños de nada, ni siquiera de sus propios rostros. Tampoco quieren el lenguaje de las balas sino el de la palabra que brota del corazón y se comparte a través del diálogo.

Al menos, observemos y escuchemos con respeto lo mucho que tienen que decir.