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El respeto a los demás


El respeto a los demás


Jorge Pereyra

La forma radical de menospreciar a una persona es “no hablarle”. Cuando a alguien “se le niega la palabra”, se lo excluye de la comunicación humana, se deja de considerarlo como persona.

Hay prácticas políticas que consisten en esto: en no hablarles a los ciudadanos. Cuando sólo los gobernantes “saben lo que hay que hacer”, el poder se aísla del pueblo. Y las cúpulas políticas medran en el secreto, no tienen nada que justificar, ordenan las vidas de quienes los eligieron, y deciden lo que ellos pueden hacer, leer o contemplar. Esta es la forma más pura del menosprecio.

Pero también hay otra forma más sutil y menos extremada de menosprecio que es la “demagogia”. El demagogo habla, ciertamente, y habla todo el tiempo, pero no habla “a los demás”. Habla, simplemente, para sí mismo, o para una camarilla domesticada y encargada de contestarle con aplausos o ante un grupo de personas previamente condicionadas, hipnotizadas, reducidas a cosas, despersonalizadas.

Todos hemos vivido en América Latina, en una u otra medida, y durante periodos más o menos largos, estas experiencias. Son muchos los latinoamericanos de nuestro tiempo que han nacido y han vivido siempre sometidos al menosprecio, que no han conocido otra cosa, y que apenas pueden imaginar una sociedad distinta.

Pero esto no es lo único que pasa en el mundo. Hay muchas sociedades en que la norma es el respeto del hombre. Ello no significa una utópica perfección. Ni tampoco quiere decir que no hay actualmente países en los que no pueda “faltarse el respeto” a los ciudadanos o a alguno de ellos.

Pero en tales casos, el menosprecio es una excepción, repudiada por muchos, que se hace constar y que expresamente queda identificada así. Algo contra lo cual se puede apelar, que se rectifica, y se sanciona. Algo que se reconoce y confiesa por los mismos que lo han cometido.

El más claro indicio de equilibrio entre respeto y menosprecio es el estado en que se encuentra la verdad.

Cuando la verdad puede ser pensada, expresada, contrastada, justificada; cuando se dan cuentas y se pueden pedir; cuando se puede denunciar la mentira; cuando hay medios de saber lo que pasa y lo que va a pasar; entonces existe la vida como respeto.

Cuando la verdad está inerme e impotente; cuando no se puede hacer oír; cuando no se la puede ni siquiera buscar; cuando tan sólo se encuentra el silencio desdeñoso o la falacia demagógica, la difamación y faltan los recursos para oponerse a ellos; podemos afirmar entonces que vivimos en un estado de menosprecio.

Si no se goza del respeto, hay que esforzarse por exigirlo, por imponerlo. Y hay que levantarse para lograr que llegue a ser la norma suprema de la convivencia.