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Para no morir en vida


Para no morir en vida


Jorge Pereyra

Dicen los que saben, que lo bueno de ser anciano es que uno ya es demasiado viejo para dar mal ejemplo y que, por lo mismo, ya puede empezar a dar buenos consejos.

Lo cierto es que dentro de cualquier anciano hay un joven que se pregunta constantemente qué ha sucedido con su vida.

Hablamos de ancianos jóvenes enfadados, y no de los ancianos amargados porque sienten que sus vidas ya no son lo que podrían haber sido.

Estos últimos se sienten estafados. Se irritan ante la alegría de los jóvenes y no se aceptan a sí mismos porque viven obsesionados por la muerte.

Nadie les enseñó a amar la vida, a amarse a sí mismos, a asumir el único sentido de la existencia: ser felices. Y ser feliz es ser uno mismo, poder hacer las cosas porque nos da la gana, no porque lo manden o para alcanzar méritos para una vida de ultratumba.

Posponer la felicidad para mantenernos sumisos es un chantaje de las religiones y de los grupos de poder: Los falsos moralistas y los censuradores de todos los pelajes siempre se encarnizaron con el sexo y con la alimentación.

Pero, sobre todo, con la libertad de pensar, de actuar, y de decir sí o no sin rendir cuentas.

Para ellos son buenos el niño, el alumno, el trabajador, el ciudadano que obedece sin preguntar por las causas de la injusticia.

Han hecho de la obediencia una virtud. Para el que manda, un buen pueblo, es un rebaño que pasta sin hacer ruido. Pero no hemos nacido para trabajar ni para obedecer.

Por ello, es urgente la rebelión de las personas mayores que padecen su soledad como antesala de la muerte. Nunca es tarde para madurar sin confundir el envejecimiento, que es cosa del cuerpo, con la madurez que es crecer hacia dentro y saborear la vida.

Una cosa es el Cielo de la conciencia, con sus posibilidades de crecimiento interior. Y otra el paso de las nubes de la razón. Descubrir gotas en un océano de silencio es trasformar nuestra existencia en una celebración. Es descubrir el universo en el rocío.

No hay mayor desafío que ser uno mismo. Atreverse a ser, a discrepar, a gozar y a realizarse en armonía con el universo.

El sabio acepta la realidad imponiéndole su sello: para hacer lo que queramos tenemos que querer lo que hacemos. Porque, gracias a Dios, nada puede morir, tan sólo cambia de forma.

La existencia nada sabe de la vejez, sabe de fructificar. Y si ya tenemos lo que buscamos, hay que despertar.

Madurez significa que hemos llegado a casa. La madurez es conciencia, el envejecimiento sólo desgaste.

Todavía nos queda tiempo para cambiarnos de tren.