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Los desamparados


Los desamparados


Jorge Pereyra

En las ciudades viven muchas personas en la calle. Se les llama “desamparados” o personas “sin hogar”. Ayer vi a una de ellas y se me arrugó el corazón.

Muchas razones existen para explicar estas situaciones individuales: enfermedades mentales, familias destruidas, aumento del desempleo, adicción a las drogas o al alcohol, dificultades de adaptación después de salir de prisión o inmigrantes que se enfrentan a una sociedad que los rechaza.

Las personas sin hogar son desarraigados sociales y mudos testigos de nuestro fracaso como sociedad para brindar un mínimo de condiciones básicas de existencia a quienes conocen el rostro más brutal que tiene la vida.

Ellos también forman parte del injusto territorio de la “exclusión social”, que no puede ser reducida simplemente a la falta de vivienda.

Muchos de estos hombres y mujeres han sido rechazados por las instituciones oficiales o dependen de ellas porque han sido sus huéspedes en el asilo, en el orfanato, en las prisiones, y en los albergues y comedores sociales.

A veces tenemos la impresión de que ellos son agresivos y violentos (aunque motivos no les faltan) y quisiéramos desterrarlos porque “afean” la ciudad. Pero, por lo general, los desamparados son personas que agradecen enormemente una ayuda o cualquier muestra de afecto.

Tienen como techo a las estrellas y al suelo como cama. Y padecen el rigor de las estaciones con sus fríos y sus calores. Pero la más triste de sus carencias es la de no tener conciencia de su dignidad de personas, de sus derechos y de sus deberes. Y en lo que toca a nosotros, lo aberrante es caer en la apatía y en el cinismo de no aceptar que somos capaces de quererlos.

En otras épocas los hemos llamado como hemos querido: mendigos, indigentes, pordioseros, transeúntes. Son términos despectivos que no responden a la realidad. Hoy se suele utilizar el término “personas sin hogar”, por lo que supone de carencia común de familia, de raíces, de amistades, de amores y de cualquier factor que suponga calor humano.

¿Por qué no empezamos por llamarlos “prójimos” y de “ampararlos” como se debe?. La mejor manera de agradecer a la vida, por todo lo que ella nos ha dado, es compartir con los “desamparados” lo que esa misma vida les ha negado.

Finalmente, dejemos de ser una especie de sociedad anónima en la que nadie se quiere echar la culpa y en la que todos somos responsables.