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Morir es lo último que nos queda


Morir es lo último que nos queda


Jorge Pereyra

La muerte ha ocupado a los filósofos y pensadores de un modo permanente. Pero, al fin y al cabo, como el resto de los mortales, ante ella no tenemos argumentos sino consolaciones, y nada más que eso.

Con la edad poseemos un saber acumulativo sobre la muerte (que no se limita a la muerte ajena). Vamos también sabiendo de la muerte propia. Pensemos en aquel Quotidie morimur, “cada día morimos un poco”, de Séneca.

La vida no sólo se ocupa de informarnos cotidianamente que hemos de morir, sino de hacernos saber que somos moribundos o murientes.

El moribundo es la persona que entremuere o está en trance de morir. Como la llama de una vela que se apaga a la luz del día o en el crepúsculo. Morir es dejar de vivir. Y eso se hace, poco a poco, consumiéndose.

Son muy diferentes, pues, la muerte y el morir. La muerte es la misma para todos. Y todos, a la vez, somos iguales ante la muerte. Pero hay muchas formas de morir. Y aun en situaciones muy parecidas, todos morimos de distinto modo. Decía Séneca también que: “cualquiera puede quitarle la vida a un hombre, pero ninguno puede quitarle la muerte”.

No es que se quiera decir que morir sea un bien, sino que morir es lo último que le queda al hombre. Morir forma parte de nuestra vida. La muerte ya no, porque es el cese de la vida.

¿Podemos imaginarnos vivir siempre?. ¿Lo soportaríamos?.

Recordemos el mito de Quirón, quien se retiró a su cueva deseoso de morir, pero sufría justamente porque era inmortal. Entonces la muerte es un consuelo metafísico para una angustia: la de ser inmortal, peor quizá que la de ser mortal.

En pocas palabras, pues, morir es lo último que nos queda.